El despertar.

El llamado

La muerte de la madre de Elena desencadenó cosas que debieron quedarse ocultas.

Nadie sabía de las prácticas extrañas de doña Nena, hasta que descubrieron en su caja fuerte dinero, joyas antiguas, manuscritos que nadie entendía y el papel de propiedad de una casa en el bosque que perteneció a su familia desde tiempos inmemoriales.

Elena, a sus 35 años, sabía que su familia no era del todo normal, pero jamás imaginaría lo que en realidad ocultaba su linaje.

Era la mayor de tres hermanas, la primogénita de los Solorio Araiza.

Siempre creyó que su suerte era muy buena, ya que había escapado de varios accidentes fuertes… como la vez que salió a rumbear con sus amigos y, al terminar la noche, el coche en el que venían se estrelló contra una camioneta estacionada. Todos terminaron en el hospital, menos ella… no tenía ni un rasguño.

O aquel viaje familiar cuando tenía cinco años: decía que una anciana la había salvado de ahogarse en el mar y, al describir a la señora, su abuela argumentó que había sido su madre. Y así, muchas historias más…

Elena llevaba una vida muy normal, con dos hijas y un esposo dedicado al hogar. Ella era el sustento familiar.

Los días posteriores a la muerte de su madre empezó a sentirse diferente.

Sueños que percibía muy reales…

Sombras de personas, ruidos extraños, quejidos, susurros… Poco a poco recordaba esas sensaciones. Todo eso ya lo había sufrido en su niñez, pero había reprimido esos recuerdos al ir creciendo.

La noche en que murió su madre, al sentirse desconsolada y encerrarse en su cuarto a llorar, sintió la presencia de su madre y escuchó que le pedía ayuda.

Sabía que entre las pertenencias de su madre encontraría la respuesta a todos los sucesos extraños que ahora experimentaba.

Empezó por averiguar qué había en la cabaña del bosque.

Fue ahí sin decirle nada a su familia y solo en compañía de Valentina, su cuñada, hermana de su esposo.

Sabía que Valentina era muy perspicaz y le ayudaría a desentrañar cualquier cosa que encontraran en ese lugar.

Valentina tenía 38 años, era dueña de una tienda de antigüedades, apasionada de las cosas paranormales. Sabía bastante de temas espirituales, creía en los astros, los ángeles, la reencarnación y en todo eso que la demás gente considera chorradas.

Llegaron al bosque y se adentraron en él. Después de dar varias vueltas y perderse por las brechas sin señalización alguna, dieron con la casa. Eran las siete de la noche, empezaba a oscurecer.

Bajaron del auto y se aproximaron a la puerta de madera desgastada por el paso del tiempo. Elena tenía la llave del lugar, que por cierto era antigua y tenía grabada una triqueta celta en la parte superior. Era dorada y colgaba en un cordón de piel negro trenzado.

Abrieron la puerta… el rechinido y el olor a carne en descomposición les erizó la piel. Buscaron de dónde provenía ese terrible olor y encontraron una gallina muerta, sin cabeza.

La cabaña era de ladrillos de adobe y techo de madera. Era pequeña, de unos diez por diez metros.

Había estantes llenos de frascos con hierbas, libros, velas en candelabros.

Se acercaron a prender algunas para poder distinguir mejor cada rincón.

—Vale, ¿qué te parece este lugar? —preguntó Elena.

—Si te digo… te asustarás.

—¿Por qué mi madre tendría un lugar así?

—¿Qué tan bien conocías a tu madre?

—Al parecer… no mucho.

Siguieron hurgando entre las cosas y Elena encontró un álbum de fotografías de su abuela y de su madre, pero una en especial llamó su atención: aparecía su madre con ella en brazos, desnuda, de unos cinco meses de nacida, rodeada de personas con capas negras.

—Ven a ver esto.

—¿Conoces a esas personas?

—No, nunca las había visto… espera.

Se acercó más a la luz de la vela y entrecerró los ojos para tener una mejor visión.

—¿Ves a esta mujer de aquí?

—Sí.

—Ella es amiga de mamá. Venía en cada uno de mis cumpleaños, pero nunca había explicación de quién era. Mamá solo decía que era una vieja amiga. Se llamaba… María, creo.

—Pues es por ahí donde empezaremos a descubrir qué demonios es todo esto.

Elena cogió la foto y un libro con la misma imagen de la llave en la portada: una triqueta.

—Vámonos, Vale.

Se disponían a salir del lugar cuando una fuerte ráfaga de viento entró por la puerta, haciendo que la ventana que estaba al costado se abriera de golpe. Las velas se apagaron.

Valentina, al querer retroceder, tropezó con un banco y, golpeándose con el filo de la mesa, cayó al piso inconsciente.

Elena se volvió hacia ella queriendo despertarla, pero entonces vio una luz que se dirigía hacia ella desde la lejanía del bosque.

La luz empezó a tomar forma humana conforme se acercaba… era su abuela, o el espíritu de ella.

¿Abuela? —preguntó con voz temblorosa.

—Mi pequeña…

—No tengo mucho tiempo, mi niña.

—¡Tengo que decirte que tu mamá está en peligro!

—Abuela, mamá murió…

—Lo sé, mi niña, pero acá en el mundo de los espíritus pasan cosas, y la ausencia de tu madre no es normal.

—Tienes que averiguar qué pasa. Tú eres su única salvación.

—¿Yo? ¿Cómo podría ayudarla?

—Eres la primogénita de una larga generación de brujas. Tienes el poder, solo es cuestión de que lo dejes fluir. Despierta, mi niña. Encuentra a María y confía en Valentina, ella te ayudará.

La luz se perdió rápidamente en la oscuridad del bosque.

Elena reaccionó y se arrodilló para ayudar a Valentina, que poco a poco intentaba abrir los ojos.

—¿Estás bien?

—Sí… solo un poco mareada.

—En el camino te cuento, vámonos.

Esa noche, Valentina despertó sobresaltada. Intentó moverse y no pudo. Quiso gritar, pero no tenía voz. El pánico la invadió.

Hasta que se resignó, cerró los ojos y empezó a rezar un Padre Nuestro.

Entonces pudo moverse.

Mientras temblaba, abrazada a su almohada, solo pensaba:

¿En qué demonios nos metimos?

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