El hombre más importante de mi vida y, tal vez, el que más estragos causó en mí.
Pocos momentos buenos vienen a mi mente, ya que él siempre fue un fantasma en casa y solo hacía acto de presencia cuando alguno de mis hermanos hacía algo mal.
Ahí sí que aparecía: más que fantasma, un ogro. Repartía golpes y gritos al que osara atravesarse en su camino.
Hace algunas semanas, en una de esas reuniones con mis hermanos, platicaban de las golpizas que papá le propinaba a mi madre, y yo miraba horrorizada e incrédula. ¿Cómo era posible que todos ellos recordaran esas cosas menos yo?
Me comentaban que no fue una, fueron incontables veces, sobre todo cuando papá se embriagaba.
Caí en cuenta de que recuerdo muchas cosas de mi infancia, pero he reprimido esos episodios tristes y caóticos.
Cada que alguien empieza a hablar de mi padre, mi mente divaga tratando de hacer memoria, pero siempre termino en este lugar…
Tenía 7 años. Por alguna razón que no alcanzo a entender, papá me llevó a San Marcos, su pueblo natal. Íbamos en camión y teníamos que tomar uno más.
Esperando a que llegara nuestro segundo transporte, papá se encontró a un viejo amigo del trabajo. El señor llevaba una charamusca, la cual me obsequió, según él, por ser tan linda niña. ¡Yo me emocioné mucho!
No sabía qué era, pero moría por abrirla y descubrir qué era eso tan raro pero con olor tan rico, aunque esperé a que papá me diera permiso.
Mi padre y el señor seguían platicando hasta que llegó nuestro camión.
Se despidieron con un fuerte apretón de manos y papá agradeció el regalo. Subimos al camión; después de caminar por el pasillo, encontramos un solo asiento, así que papá me colocó en sus piernas.
Le pregunté:
—¿Qué era el regalo que me habían dado?
Él me explicó que era una charamusca o momia de azúcar, originaria de Guanajuato, pero que las vendían incluso en varias partes de Jalisco. Cuando dijo “azúcar”, dejé de escuchar el resto y solamente podía pensar en abrirla para acabar con ella antes de llegar a casa de mis abuelos y tener que compartirla con los primos.
Le pedí que la destapara y así lo hizo.
Una hora pasé comiendo el caramelo y papá me veía con ternura y reía de pronto al ver mi desesperación por acabarme la dichosa momia.
Las lágrimas ruedan al recordar ese momento.
Regresaría a ese camión una y mil veces cuando las vicisitudes de la vida me tiran al piso y no me dejan levantar.
Atesoro ese instante como el más importante: la única vez que me miró de esa forma, sentir que me amaba, sentirme realmente protegida y sin los miedos que ahora rigen mi vida.
Padre: entiendo que tú tampoco tuviste lo que querías. Recuerdo al abuelo y eres su vivo retrato. Por eso no reprocho, solo diré que, a pesar de todo…
¡Te amo!


yo quiero una charamusca jajajajajaaja rosita….
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